Un despertador rompe el silencio. Marca las 7:00. La luz se filtra débil entre los huecos de las persianas. Es Lunes, maldito lunes, el verdugo del descanso, el día que que da comienzo al ciclo interminable de semana tras semana.
Alex abrió las persianas para que la luz inundara la habitación como si de un flash se tratara e inmortalizara cual fotografía la figura demacrada por el despertar de un chico de diecinueve años. Tras desperezarse, Alex comenzó con la tarea rutinaria del aseo personal que consistía en un desayuno rápido, lavarse los dientes, una breve ducha y para finalizar ponerse la ropa de trabajo y vuelta a empezar...
Para Alex hoy no es un día cualquiera, esta noche es Nochebuena y por tanto al regresar de su jornada laboral en el Riu, un hotel al sur de la isla, le espera una cena estupenda con toda su familia, exepto Fran... Fran no estará esta Nochebuena tampoco. Es una pena, pero su hermano tiene cosas mejores que hacer, como por ejemplo su trabajo.
La verdad es que Fran era completamente opuesto a Alex y a la vez tan parecidos el uno al otro. Fran estudió medicina mientras que Alex se refugió en las drogas durante casi toda su adolescencia, de hecho, hacía solo 11 meses que trabajaba en el hotel. Consiguió el trabajo por medio de un amigo del instituto, el mismo que lo incitó a rehabilitarse y desintoxicarse. Pero aparte de sus diferencias intelectuales eran idénticos. Los dos tenían los ojos verdes, pero no un verde cualquiera, sino un verde oscuro pero brillante, opacos pero cristalinos, eran unos ojos practicamente imposibles de definir con exactitud, solo se puede entender su belleza a través de la propia vista. Pero la genética es caprichosa y cuando da tanto por allá quita otro tanto por acá, es decir, tanto Fran como Alex son nulos, rematadamente desastrozos en cuanto a deportes. No es que se les diera mal jugar al fútbol o al baloncesto ni tampoco correr o nadar, simplemente no servian para esas cosas, ni siquiera para el bádminton. De todas maneras Alex al igual que Fran no eran dos tíos que se pudieran considerar ”guapos”, pues aparte de por sus ojos no destacaban por nada en especial, los dos eran morenitos de pelo oscuro, flacos (Alex especialmente más a causa de la droga), de mentón ancho, y nariz aguileña. No eran dos tipos feos, pero no destacaban en una verbena.
A la vuelta del trabajo Alex se encontró con un accidente en un desvío. Tuvo que detener su Megane porque la carretera estaba cortada. Al parecer el coche perdió el control y se salió de la carretera, probablemente como el techo también estaba aplastado habría dado varias vueltas de campana sobre si mismo.
No se interesó mucho por el accidente, eso ocurre todos los días. Todos los días alguien acaba mal en la carretera. Puede que algún día también le toque a él un paseo en ambulancia después de ser sacado en una camilla de su Megane. No sería la primera vez que conduce ebrio...
Y así continuó los dos kilómetros de carretera que le quedaban hasta llegar a su casa. Una casa rodeada de pinos. Es la ventaja de vivir en las afueras de cualquier urbanización, el espacio. La casa estaba rodeada por una extensa finca de alrededor de 1000 metros cuadrados de superficie y en su mayoría ocupada por gavias.
Fran siempre le decía a su hermano que las gavias no tenían mucha utilidad en una isla como Fuerteventura porque llovía una o dos veces por año, y cultivar es muy difícil, pero aún así hay gente que cultiva y concluía siempre su discurso diciendo que no importa lo difícil que se presentara la situación, que hasta en el desierto más árido se puede encontrar agua.
Mientras seguía pensando en sus cosas llegó a la finca de sus padres, abrió con el mando a distancia la puerta corredera de aluminio y avanzó con su coche pasando del camino de tierra por el que venía al asfalto que su padre había mandado a poner hace poco mas de un año. Aparcó en frente de un trastero de bloques sin pintar que quedaba fuera de la muralla de pinos que rodeaba la casa familiar.
Era una casa color crema que junto con el verde de los pinos conjuntaba a la perfección con el paisaje árido que caracteriza a Fuerteventura. Desde la puerta principal se extendía un camino de piedras al puro estilo romano que rodeaba la casa, llegando al trastero y bajaba junto a la carretera de asfalto hasta llegar a la puerta de entrada de la finca.
Cuando cruzó la puerta principal el silencio de la casa lo dejó extrañado. El silencio en una casa no tiene que ser un problema, pero la víspera de Navidad tiene que ser una exepción.
Avanzó a oscuras por el salón en dirección al interruptor.
Se oyó un click. La sala cobró vida dejando ver medallas y condecoraciones junto a varios marcos de fotos. En todos ellos aparecía el mismo hombre: delgado y a la vez definido, pelo castaño, vestido con un uniforme militar y ojos verdes centelleantes. Las fotos tenían sus veinte años de antigüedad y en todas ellas Diego Hernández tenía la misma mirada que tanto respeto infundía en sus dos hijos, la mirada de un hombre que nunca se rinde.
Alex abrió las persianas para que la luz inundara la habitación como si de un flash se tratara e inmortalizara cual fotografía la figura demacrada por el despertar de un chico de diecinueve años. Tras desperezarse, Alex comenzó con la tarea rutinaria del aseo personal que consistía en un desayuno rápido, lavarse los dientes, una breve ducha y para finalizar ponerse la ropa de trabajo y vuelta a empezar...
Para Alex hoy no es un día cualquiera, esta noche es Nochebuena y por tanto al regresar de su jornada laboral en el Riu, un hotel al sur de la isla, le espera una cena estupenda con toda su familia, exepto Fran... Fran no estará esta Nochebuena tampoco. Es una pena, pero su hermano tiene cosas mejores que hacer, como por ejemplo su trabajo.
La verdad es que Fran era completamente opuesto a Alex y a la vez tan parecidos el uno al otro. Fran estudió medicina mientras que Alex se refugió en las drogas durante casi toda su adolescencia, de hecho, hacía solo 11 meses que trabajaba en el hotel. Consiguió el trabajo por medio de un amigo del instituto, el mismo que lo incitó a rehabilitarse y desintoxicarse. Pero aparte de sus diferencias intelectuales eran idénticos. Los dos tenían los ojos verdes, pero no un verde cualquiera, sino un verde oscuro pero brillante, opacos pero cristalinos, eran unos ojos practicamente imposibles de definir con exactitud, solo se puede entender su belleza a través de la propia vista. Pero la genética es caprichosa y cuando da tanto por allá quita otro tanto por acá, es decir, tanto Fran como Alex son nulos, rematadamente desastrozos en cuanto a deportes. No es que se les diera mal jugar al fútbol o al baloncesto ni tampoco correr o nadar, simplemente no servian para esas cosas, ni siquiera para el bádminton. De todas maneras Alex al igual que Fran no eran dos tíos que se pudieran considerar ”guapos”, pues aparte de por sus ojos no destacaban por nada en especial, los dos eran morenitos de pelo oscuro, flacos (Alex especialmente más a causa de la droga), de mentón ancho, y nariz aguileña. No eran dos tipos feos, pero no destacaban en una verbena.
A la vuelta del trabajo Alex se encontró con un accidente en un desvío. Tuvo que detener su Megane porque la carretera estaba cortada. Al parecer el coche perdió el control y se salió de la carretera, probablemente como el techo también estaba aplastado habría dado varias vueltas de campana sobre si mismo.
No se interesó mucho por el accidente, eso ocurre todos los días. Todos los días alguien acaba mal en la carretera. Puede que algún día también le toque a él un paseo en ambulancia después de ser sacado en una camilla de su Megane. No sería la primera vez que conduce ebrio...
Y así continuó los dos kilómetros de carretera que le quedaban hasta llegar a su casa. Una casa rodeada de pinos. Es la ventaja de vivir en las afueras de cualquier urbanización, el espacio. La casa estaba rodeada por una extensa finca de alrededor de 1000 metros cuadrados de superficie y en su mayoría ocupada por gavias.
Fran siempre le decía a su hermano que las gavias no tenían mucha utilidad en una isla como Fuerteventura porque llovía una o dos veces por año, y cultivar es muy difícil, pero aún así hay gente que cultiva y concluía siempre su discurso diciendo que no importa lo difícil que se presentara la situación, que hasta en el desierto más árido se puede encontrar agua.
Mientras seguía pensando en sus cosas llegó a la finca de sus padres, abrió con el mando a distancia la puerta corredera de aluminio y avanzó con su coche pasando del camino de tierra por el que venía al asfalto que su padre había mandado a poner hace poco mas de un año. Aparcó en frente de un trastero de bloques sin pintar que quedaba fuera de la muralla de pinos que rodeaba la casa familiar.
Era una casa color crema que junto con el verde de los pinos conjuntaba a la perfección con el paisaje árido que caracteriza a Fuerteventura. Desde la puerta principal se extendía un camino de piedras al puro estilo romano que rodeaba la casa, llegando al trastero y bajaba junto a la carretera de asfalto hasta llegar a la puerta de entrada de la finca.
Cuando cruzó la puerta principal el silencio de la casa lo dejó extrañado. El silencio en una casa no tiene que ser un problema, pero la víspera de Navidad tiene que ser una exepción.
Avanzó a oscuras por el salón en dirección al interruptor.
Se oyó un click. La sala cobró vida dejando ver medallas y condecoraciones junto a varios marcos de fotos. En todos ellos aparecía el mismo hombre: delgado y a la vez definido, pelo castaño, vestido con un uniforme militar y ojos verdes centelleantes. Las fotos tenían sus veinte años de antigüedad y en todas ellas Diego Hernández tenía la misma mirada que tanto respeto infundía en sus dos hijos, la mirada de un hombre que nunca se rinde.
Enhorabuena tio esta bastante interesante el comienzo, espero que pronto subas el proximo capitulo
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